Uno
de los directores más influyentes dentro del cine japonés actual es sin ninguna
duda Takeshi Kitano, un ser humano digno de estudiar. Conocido como el hombre
de las mil profesiones (además de las cinematográficas, también es escritor,
pintor, famoso presentador de TV…), su trayectoria fílmica y vital sufriría un
punto de inflexión en un intento de suicidio, un gran accidente de moto. Éste
le provocó graves lesiones que desembocarían en una pérdida de movilidad y
sensibilidad en diferentes partes de su cuerpo y un gran golpe emocional. La
vida de excesos que llevaba hasta entonces se transformó en una dedicación al
arte a través de la pintura, de la poesía y, naturalmente, del cine, donde
plasmaría su nueva filosofía como método de catarsis. El primer filme donde
pudo verse esta evolución fue Kids Return,
de 1996.
Kids Return
nos explica la historia de dos chavales que no son estudiantes modelo
precisamente. Sumidos en la adolescencia, no encuentran ningún tipo de camino a
seguir en su vida y deciden probar diferentes trabajos puesto que el instituto
no es su mejor opción. Uno de ellos, Shinji (Masanobu Ando), se introduce en el mundo del boxeo,
donde le será descubierto un gran talento en este deporte; por otro lado, Masaru
(Ken Kaneko) entra en contacto con la yakuza
(mafia japonesa) local, en la cual cada vez asumirá más importancia.
Sin
embargo, esta progresión hacia el éxito se verá truncada. Debido a las malas
influencias de un boxeador de poca monta, Shinji no llevará una buena dieta y
las pastillas que toma para disimular su peso le harán un mal luchador. En
cuanto a Masaru, un acto de desprecio en contra del líder del clan provocará su
exclusión y una gran reprimenda por parte de sus compañeros. Finalmente, a
método de conclusión del largometraje, Takeshi hace pasar un tiempo
indeterminado y nos muestra a los dos protagonistas volviendo al colegio para
recordar viejos tiempos. Lo que podría parecer el final para la vida de los dos
jóvenes no es más que el principio: el fracaso no les supone la conclusión,
sino un punto de renovación a partir del cual se deberá trabajar para volver a
conseguir la satisfacción personal y vital.
Y
esa es precisamente la visión que más se repite en los filmes de Kitano
posteriores a su intento de suicidio: cuando el individuo se encuentra en su
peor momento no debe pensar que éste es su final; es simplemente el estado
límite con el que debe replantearse sus acciones y transformarlas para
resurgir de las cenizas. Esta filosofía es aplicada por el propio Kitano a su
vida, ya que él mismo castiga su pasado demoledor y refleja en el suicidio su
suceso de renovación originario de su nueva trayectoria hacia trabajos
artísticos y televisivos. También plasmará estas teorías en el Japón en decadencia en el que vive. Tras el conocido como milagro japonés, durante el cual el país nipón vivió más de tres décadas de gran bonanza económica, en los años 90 sufriría un largo período de recesión en el cual el país tuvo que replantearse muchos aspectos internos. Las reformas que se produjeron no fueron lo suficientemente profundas que argumentaba Takeshi en estos años y por ese motivo Kitano achaca la situación actual negativa a estas variaciones superficiales. Para él, como respuesta a grandes problemas deben existir cambios radicales.
En
cuanto al filme en sí, pese a que es el que enseña de manera más evidente esta
perspectiva personal de Takeshi, no es precisamente su mejor trabajo. Sin
embargo, el largometraje goza de gran calidad, sobretodo destacando el apartado
visual y sonoro mediante el cual el director nipón nos mostrará la historia a
la perfección; ambientes melancólicos y deprimentes acompañados por una música
fuerte y arrolladora del gran Joe Hisaishi harán meternos en el mundo de los
protagonistas, con los cuales nos identificaremos de manera sencilla.
Recomendable para los adolescentes, el propio Kitano admitía que era su
intención ya que les guiará y les hará ver que su caso no es para nada extraño,
es habitual a estas edades. Por otro lado, para introducirse en la filmografía
de Kitano recomendaría otros títulos como El
verano de Kikujiro (1999) o Hana-bi,
flores de fuego (1997), pero eso no quiere decir que Kids Return no sea un filme a considerar. De hecho, puede ser un
auténtico ejercicio de reflexión personal.